Fracasar no fue el final.
Aunque en ese momento lo sintiera así.
Aunque todo dentro de mí gritara: «ya está, no valgo, esto se terminó.»
Fracasar me obligó a parar.
A dejar de correr sin rumbo.
A mirar con más verdad y menos expectativa.
A preguntarme: ¿quién soy cuando nada sale como planeé?
Y no me gustó la respuesta.
Porque me di cuenta de cuántas veces me medí por resultados.
Por logros.
Por aprobación.
Y no por lo que realmente estaba construyendo en mí.
El fracaso me quitó brillo…
pero me dio profundidad.
Me enseñó a sostenerme sin aplausos.
A confiar en mi proceso sin certezas.
A volver a empezar, sin máscaras.
Me enseñó que caer no es sinónimo de no servir.
Que equivocarse no es sinónimo de no merecer.
Y que el mundo no se acaba cuando algo no funciona,
solo se recoloca.
Fracasar me humanizó.
Me vació de ego y me llenó de humildad.
De ganas verdaderas.
De fuego real.
Hoy sé que no fracasé.
Hoy sé que aprendí.
Y que hay lecciones que solo se aprenden así: tocando fondo,
para luego tocarte el alma.